El camino a la felicidad

(Mindfulness y felicidad).

 

Thich Nhat Hanh, maestro vietnamita nominado al premio nobel de la paz, afirma en una de sus frases más célebres: “no hay camino a la felicidad, la felicidad es el camino”.  Con esta frase Hanh señala que nuestra azarosa vida llena de objetivos y metas por alcanzar incluye también el elemento de la felicidad como uno más en la lista a cumplir. La segunda parte de la frase resulta aún más significativa si cabe al resaltar que la felicidad no reside tanto en el destino como en el propio camino en sí. Constantino Kavafis, el famoso poeta griego, ya anunciaba a principios de siglo que la meta es el camino en uno de sus poemas más conocidos, Itaca. Siguiendo con Grecia y los clásicos, en la Atenas de Sócrates y Artistóteles la felicidad constituía toda una rama de investigación que distinguía entre dos subtipos que hoy en día siguen vigentes: la hedónica y la eudaimonica. La primera hacía referencia al disfrute y a los afectos positivos, mientras que la segunda se relacionaba con la idea de vivir una vida significativa y auténtica. Ninguna de las dos representaba caminos opuestos, sin embargo a diferencia de la segunda que otorgaba mayor importancia al proceso, la primera tendía a colocar todo el peso en los objetivos. Por ej “si hago esto seré feliz” o “si me compro esto otro aumentará mi felicidad”. Esta tendencia continua vigente hoy en día, y aumenta exponencialmente, en parte motivada por nuestra marcada tendencia a entrar en acción o “modo hacer” (se refiere a hacer tareas, actividades o adquirir bienes constantemente etc) en vez de plantear la vida desde una perspectiva más observadora y contemplativa que en Mindfulness llamamos “modo ser”.  A su vez y como añadido, la sociedad de consumo en que vivimos (incluye el consumo de materiales pero también de experiencias como viajes, aventuras etc ) refuerza esta inercia a poner foco en la búsqueda y consecución de objetivos que nos acerquen a la felicidad. El profesor de Harvard Tal Ben Shahar, conocido por sus clases y estudios sobre la ciencia de la felicidad, describe con multitud de ejemplos como personas que a lo largo de la vida consiguen los objetivos que se habían propuesto, como tener dinero o alcanzar una determinada posición en su carrera permanecen con los niveles previos de felicidad que tenían antes de lograrlo.  Y es que según Shahar conseguir un objetivo puede producir una subida en nuestros niveles de bienestar de forma momentánea pero no nos hace felices a largo plazo. Por si fuera poco, multitud de estudios sobre gente que ha ganado la lotería confirman la máxima de que el dinero no da la felicidad, demostrando como estas personas, después de experimentar un tiempo moderado de mayor bienestar, retornan a su línea base de felicidad; es decir, a los niveles anteriores a ganar el premio.

Laurie santos, investigadora en el área de psicología y felicidad de la universidad de Yale, menciona dos aspectos sobre la felicidad que debemos tener en cuenta para cultivarla y desarrollarla. El primero se refiere a la parte emocional que se relaciona con sentir muchas emociones más positivas (alegría) y una ausencia de emociones más difíciles o negativas (tristeza, rabia, miedo etc). El segundo aspecto, denominado cognitivo, tiene que ver con cómo de satisfechos nos sentimos con nuestra vida. De acuerdo a las investigaciones para aumentar nuestra felicidad debemos potenciar ambos elementos. Pero vivir una vida sin emociones negativas tal vez sea una propuesta poco viable desde el punto de vista biológico – evolutivo. Las emociones difíciles juegan un papel determinante en nuestra adaptación al medio (por ej el miedo nos alerta de los peligros y la rabia nos ayuda a defendernos y poner límites). A su vez estas emociones posibilitan que podamos apreciar y valorar otras de índole más positivo como la alegría. Todo ello nos lleva a hacernos la siguiente pregunta:

¿Puede haber felicidad sin momentos de malestar o sufrimiento?

Hace unos años, en una entrevista en la universidad de Stanford, el maestro Hanh afirmaba “donde no hay sufrimiento no puede haber felicidad”. De esta forma resaltaba la importancia de los contrarios para poder valorar y agradecer las cosas que tenemos pero que habitualmente damos por sentadas. Algunos ejemplos sencillos que ilustran esta idea podrían ser: que sin la luz no podríamos apreciar la oscuridad, o que sin nerviosismo no podríamos tomar consciencia de la paz y la serenidad que sentimos en diversos momentos de la vida. El uno no puede ser sin el otro y, por tanto, para apreciar la felicidad es necesario experimentar momentos de dificultad o sufrimiento. Entender que los momentos de malestar constituyen una parte esencial de la vida y que según como nos relacionemos con ellos podemos aprender nuevas maneras de percibir el mundo, es algo que podemos ejercitar a través de la práctica de Mindfulness. Esta disciplina nos enseña a centrar el foco en el ahora, aumentando nuestra capacidad de aceptar y dejar marchar las situaciones difíciles de la vida que nos tocan vivir.Pero, recapitulemos… Resumiendo lo mencionado en párrafos anteriores, parece que vivir experiencias positivas o alcanzar determinados objetivos no necesariamente aumentará nuestra felicidad a largo plazo. Resulta que la autenticidad, la satisfacción general y el significado que atribuyamos a nuestra vida jugará un papel relevante a la hora de acercarnos un poco más si cabe al preciado manantial de la felicidad.  Estudios dentro del ámbito de la psicología positiva hablan del sentido de trascendencia (vivir en dirección a algo que trascienda nuestro ser) así como del propósito o del sentido de la vida para vivir una vida plena y feliz. A su vez mencionan la importancia de habitar el ahora sin perderse en el pasado o el futuro. Y es que tal vez parte de la felicidad consista en otorgar mayor valor a lo que ocurre ahora por pequeño e irrelevante que nos parezca. Cultivar el arte de descubrir y vivir con plenitud las pequeñas experiencias de la vida diaria (por ej. una conversación interesante, una sabrosa comida, un paseo agradable al regresar del trabajo) puede ser un buen modo de resetear nuestro cerebro y de comenzar a vivir nuestra vida de otra manera. Aprendiendo a centrar nuestra atención no solo en lo que acontece fuera sino también en lo que yace y vive dentro de nosotros.

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