Dentro del ámbito de la actividad física y el deporte y especialmente en el núcleo de la alta competición el foco tiende a centrarse en potenciar el aspecto físico para alcanzar el máximo rendimiento. Sin embargo, como viene demostrándose en las últimas décadas, conviene recordar que tanto el plano emocional como el mental parecen desempeñar un rol cada vez más relevante a la hora de lograr y sostener en el tiempo un nivel óptimo de rendimiento.

¿Pero qué entendemos por rendimiento óptimo?

De acuerdo a los autores Gardner y Moore el rendimiento óptimo se define como “la correcta combinación de las condiciones cognitivas, afectivas y fisiológicas que permiten adecuadamente que las habilidades aprendidas ocurran de una manera aparentemente sin esfuerzo y automática” (Gardner y Moore, 2007, pg. 4).

Esta definición impacta en múltiples facetas y habilidades que aprendemos a lo largo de la vida. Ya sea tocando el piano, aprendiendo un nuevo idioma o redactando un informe, después de repetir el mismo ejercicio sucesivas veces uno termina por automatizarlo y realizarlo con mayor facilidad. Sin embargo, conviene recordar que como seres humanos atravesamos múltiples etapas a lo largo de la vida que influyen en nuestro estado cognitivo, físico y emocional. A veces encontrandonos más felices y concentrados, otras más distraídos y llenos de dudas. Los periodos de bonanza y estabilidad afectiva potencian el desarrollo del atleta, sin embargo, la inestabilidad expresada en cualquiera de estos 3 ámbitos lo alejan y desvían del rendimiento óptimo adecuado.

Además de estos periodos y circunstancias de la vida, existen otras dificultades y obstáculos que afectan a los deportistas, especialmente a todos aquellos dentro de la alta competición.

Uno de ellos se relaciona con la capacidad de controlar lo que piensan y experimentan emocionalmente. En las últimas décadas la psicología del deporte se ha centrado en el entrenamiento de deportistas de élite aplicando técnicas cognitivo-conductuales cuyo foco reside en controlar lo que se debe sentir y pensar en cada momento. En este sentido, muchos deportistas han sido entrenados para controlar: su activación fisiológica o arousal, lo que perciben al visualizarse ganando o mejorando su performance a través de la imaginación, lo que se dicen, implementando autoverbalizaciones para motivarse a sí mismos con mensajes positivos.

El problema de este abordaje subyace en que intentar controlar lo que uno piensa no siempre produce cambios positivos y adaptativos tal y como evidencian diversas investigaciones. Por el contrario, puede incrementar la frustración y la reactividad emocional del deportista sino se producen los cambios esperados perjudicando aún más si cabe su rendimiento.

Para ilustrarlo con un ejemplo, si durante un partido de tenis uno de los jugadores experimenta pensamientos negativos como, por ejemplo, “no voy a conseguirlo”, “hoy no es mi día” o “él es mejor que yo” la propuesta desde este enfoque se orientaría a controlar los nervios y a cambiar de pensamientos sugiriendo alternativas más positivas como “yo puedo” o “soy el mejor” favoreciendo de este modo el cambio de percepción sobre la situación. Estas técnicas funcionan en múltiples situaciones, pero precisan de una gran dosis de energía por parte del deportista para llevarse a cabo. Si, además, al hacerlo no consigue sentirse mejor y recuperar al estado óptimo de rendimiento, además de la energía invertida, la frustración y la reactivad emocional que pueden surgir repercutirá gravemente sobre su desempeño durante el resto del encuentro.

¿Qué diferencias ofrece el entrenamiento en Mindfulness? ¿Permite preservar el estado óptimo de rendimiento?

Existen varios modelos como el Optimal Functioning Model (IZOF) y la Processing Efficiency Theroy (PET) entre otros que defienden que no es necesario modificar el estado interno del deportista para lograr el máximo rendimiento. A su vez, afirman que este puede alcanzarse a pesar o mientras se experimentan pensamientos, sensaciones o emociones negativas de acuerdo a las líneas de investigación de autores como Fletcher  y Hanton.

Mindfulness ,se alinea con estos modelos, al promover que el deportista acepte lo que siente y piensa en cada momento sin tener que pelear e invertir energía en cambiarlo.  La práctica y el entrenamiento sistemático permite aprender a observar y aceptar los pensamientos, emociones y sensaciones corporales sin intentar eliminarlos o modificarlos.

Favorece un modo de relación con lo que se piensa y se siente basado en la ecuanimidad, la consciencia y la aceptación radical de la experiencia. La intención reside en abandonar la lucha y el control para pasar a adoptar una postura más contemplativa.

Este abordaje, presenta a su vez, beneficios en relación a aspectos como el perfeccionismo y la ansiedad que muchos atletas profesionales padecen durante los entrenamientos y las pruebas clasificatorias. También puede ayudar a sobrellevar las lesiones físicas, que precisan de tiempo, paciencia y elevado esfuerzo para sanar y volver a adquirir el nivel previo de competición.

Desde hace varios años existen programas de reconocido prestigio y amplia versatilidad que incorporan Mindfulness como elemento de base para el entrenamiento, y cuya estructura permite adaptarlos a cualquier modalidad deportiva como son: el Mindful Sports Performance Enhancement (MSPE) desarrollado en 2006 por Kaufman y Glass  y el Mindfulness Acceptance Commitment (MAC).

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