La resiliencia es la capacidad de afrontar una situación adversa, recuperarse y salir fortalecido de ella. Etimológicamente significa “rebotar como un muelle” y se trata de un término ampliamente utilizando en diversos ámbitos como la ingeniera en donde se mide en la capacidad de un material para ser absorbido o en traumatología donde hace referencia la rapidez que tiene un tejido de regenerarse cuando ha sufrido una lesión.

Con frecuencia, a lo largo de la vida, la mayor parte de las personas experimentamos momentos vitales adversos y muy estresantes relacionados con la enfermedad, pérdida de un ser querido, rupturas sentimentales, accidentes de algún tipo y un largo etc. Es verdad que existen factores genéticos u ambientales que inciden de forma directa en la persona, y que el acceso a la familia, la educación o el nivel socioeconómico constituyen elementos a tener en cuenta de cara a los recursos, habilidades, bienestar y felicidad con la que crecemos y nos desarrollamos como adultos.

Sin embargo, una infancia difícil y carente de felicidad no determina necesariamente que la vida adulta tenga que transcurrir de la misma manera tal y como afirma el neurólogo y psiquiatra Borys Cerulnyk en su libro los patitos feos. De hecho, a veces ocurre lo contrario. Aquellos que presentan mayores carencias y menor número de recursos afrontan mejor las dificultades que aquellos con mejores perspectivas en un principio. La paradójica realidad es que mientras que unos se debilitan y desmoronan ante la adversidad otros se hacen más fuerte y crecen en ella.

En este sentido el psiquiatra Viktor Frankl en su libro “el hombre en busca de sentido” narra su experiencia en el campo de concentración en el que estuvo preso y describe las diferencias en la actitud de los prisioneros ante situaciones extremadamente duras. En una de sus citas más conocidas señala “a un hombre se le puede arrancar todo menos una cosa, la última de las libertades humanas, la libertad de elegir la actitud con que se enfrentará a determinado conjunto de circunstancias, es decir, la libertad de elegir su propio camino”

La frase de Frankl apunta directamente al corazón de la resiliencia ya que sitúa el foco en aquello sobre lo que podemos intervenir, que es precisamente nuestra libertad y actitud.

En esta misma línea autores de renombre dentro del campo del estrés y la resiliencia como Aaron Antonovsky han concluido que las personas que sobreviven mejor a situaciones de estrés prolongado como las descritas por Frankl poseen una sensación de coherencia sobre el mundo y ellos mismos. A su vez, la prestigiosa profesora norteamericana Suzanne Kobasa señala desde hace décadas que la personalidad que mejor resiste al estrés puntúa de forma significativa en tres componentes: la sensación de control que se percibe sobre la situación, el compromiso con el que se afronta y el reto o desafió que entraña. Esto último vendría a señalar que aquellos individuos que son capaces de percibir la situación como un desafió, es decir, algo de lo que pueden aprender resisten mejor las situaciones adversas.

¿Podemos por tanto elegir nuestra actitud ante la vida?  ¿Acaso entrenarla para hacer frente a las dificultades y desafíos de la vida?

Jon Kabat Zinn dice que no podemos detener las olas del mar pero si aprender a surfearlas. Con esta frase el autor de “Vivir con plenitud las catástrofes” nos recuerda que no tenemos el control sobre muchas de las situaciones y circunstancias que nos toca vivir ( por ej una pandemia, una enfermedad, una pérdida etc) pero si podemos elegir como relacionarnos con esas circunstancias y la actitud con la que hacerlo. Parece por tanto que la actitud que elegimos puede marcar la diferencia.

Actualmente atravesamos un momento de gran adversidad. La pandemia que recorre toda Europa y el mundo en general está poniendo a prueba nuestra capacidad de aguante y resistencia a todos los niveles: físico, emocional, cognitivo. Esto nos confronta con la falta de certeza sobre como evolucionaran los acontecimientos y desencadena que nos preocupemos en exceso al anticipar escenarios futuros negativos y de poca esperanza.

Permanecer mayor tiempo en el presente sin estar tan a merced del futuro y de lo que pueda ocurrir puede resultar una opción de gran beneficio para nuestra salud mental y corporal. La práctica de la atención plena nos permite estar aquí y ahora reduciendo nuestra tendencia mental a luchar y dar vueltas a cómo era la vida antes de la pandemia para aprender a aceptar el momento tan difícil que nos toca vivir y desde ahí afrontarlo de otra manera.

En este sentido, la práctica de Mindfulness nos permite observar las circunstancias cambiantes del momento (por ej el cambio en las relaciones con el distanciamiento social o el uso de mascarillas) sin necesidad de intervenir y de hacer que sean diferentes a lo que son, aceptándolas tal y como vienen. A su vez, permanecer atentos y abiertos a aprendizajes y cambios positivos que puedan surgir de este momento, por difícil que sea (por ej, tal vez nos hemos familiarizado más con la tecnología y hemos aprendido a sacarle un mayor rendimiento, o quizá valoramos más el tiempo que compartimos con nuestros seres queridos aunque sea menor) puede ser otra forma de aumentar nuestro capital resiliente.

Por último y para finalizar, queremos informamos que a principios del próximo año 2021 comenzaremos un programa de 6 semanas donde exploraremos formas de potenciar nuestra resiliencia a través de la atención plena y otros enfoques que incluyen diversas perspectivas psicológicas. Tendrá lugar los lunes en horario de tarde. El programa se llama resiliencia: fuerza y presencia ante la adversidad y la matricula ya está abierta. Escríbenos si tienes interés en inscribirte o participar a mindfulnessesetres@gmail.com

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